Lunes 11.11.2019
Actualizado hace 10min.
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    El periodismo deshumanizado

     Por Edgardo Fretes

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    Una nota publicada en @Perfil por el periodista Julián Maradeo, me llevó a tener un intercambio de puntos de vista respecto de la dignidad de las personas detrás de las noticias. En la publicación sobre una denuncia a una institución involucra con nombre y apellido a una persona que conozco. Este hombre en cuestión no ha cometido ningún delito. Aparentemente solo sería una relación personal íntima ajena al código penal, que además no viene al caso exponerlo con nombre y apellido, porque la denuncia no es contra él. Entonces era evitable utilizar y dar públicamente su identidad. Sobre la nota no daré más datos para no hacerle más daño al individuo. Si a alguien le interesa leerla se deberá tomar un tiempo en buscarla con los datos que aporto. Seguro la van a encontrar.
    En tiempos en los que nuestros nombres quedan asociados para siempre a aquello que hacemos, decimos o publican de nosotros en internet, publicar la identidad de una persona que no ha elegido tener una vida pública debe generar un segundo de reflexión antes de que nuestras manos o nuestra voz deje inmortalizado ese nombre asociado a determinado hecho moral o éticamente “repudiable”. Sabemos que la indexación, la forma en la que relacionan los buscadores, va a llevar a que toda vez que alguien googlee a esa persona, por el motivo que fuere, ahí estará ese error íntimo en su hoja de vida virtual. Será muy difícil para cualquier mortal lograr que su nombre se limpie.
    Hay personas que por su profesión, actividad o elección dejan por sentado que hay una parte de su vida que ya no les pertenece. Han decidido manifestar públicamente sus pensamientos, ejercer el periodismo, mostrar sus cuerpos, exponer su intimidad, desnudar sus afectos y hasta lucrar con sus errores. Es una postura ante la vida, una elección absolutamente personal. ¿Qué pasa con las personas que no han elegido ese camino y tampoco son noticia por haber cometido un delito? ¿Quién enmienda el daño que se le produce a la persona expuesta y a su entorno? ¿Por qué ese individuo debe volver a vivir el dolor y la pena que le causó el error cometido en el plano de su intimidad afectiva (en este caso que expongo)?
    Alguna vez un buen profesor de la facu me decía: “Nunca te olvides que detrás de las noticias hay personas”. La información debe estar humanizada, como la medicina, el derecho, la educación. No podemos sentarnos a escribir noticias, exponiendo a las personas sin tener claro si es necesario o no dejar un nombre pegado a un error para toda la vida. Obvio que distinto es el caso de aquellos que eligen administrar los dineros de los impuestos, que hacen un juramento de cuidar a la sociedad, que se comprometen públicamente a velar por el bien espiritual de las personas y que se los investiga por supuestos delitos. Ellos han elegido una “función pública” y saben que se someten al control de la justicia y de la prensa.
    En mis años de estudiante, un profesor de “Etica de la comunicación”, con quien no coincidía filosóficamente en algunos temas, nos propuso la lectura de un libro sencillo, fácil de leer y con un mensaje muy claro. “Ética para Amador” es un ensayo del filósofo español Fernando Savater que escribe como legado para su hijo. El mensaje es muy sencillo, al menos desde mi percepción: “no hagas a otros lo que no te gustaría que te hagan”. Esta máxima universal de la ética simple y cotidiana nos pone a reflexionar sobre nuestra empatía periodística y a preguntarnos: ¿Me pongo en el lugar de quien someto al juicio popular a través de los medios? ¿Me gustaría que lo mismo me sucediera a mí o algún ser querido en una situación que no forma parte de la vida pública de las personas?
    Hay periodistas que evitan la primera condición ética del periodismo para que no se les caiga una nota. No chequean. Saben que si lo hacen ya no podrán usar el título rimbombante que les hará tener más lecturas y visualizaciones en el portal de noticias para el que trabajan. Muchas veces evitan chequear porque simplemente saben que corren el riesgo de que se les caiga la nota, que pierda esos condimentos jugosos que tienen las verdades a medias o contadas por una sola campana. Cuándo se les pregunta por qué no han chequeado, enseguida ofrecen el derecho a réplica, que sabemos bien NUNCA tiene el verdadero resarcimiento informativo. Porque “la almohada de plumas ya fue abierta al viento. Ve tú a juntar las plumas…”
    Y con esto que escribo y expongo, discutible, criticable y condicionado por mi propia subjetividad, no pretendo caerle con una espada sobre su cuello a Julián Maradeo. Seguramente es una buena persona, un buen hijo y amigo, que ha elegido la hermosa profesión que compartimos. Solo deseo que podamos, los que ejercemos el periodismo, tener alguna premisa que nos permita mantener un periodismo que ponga más el foco en el hecho periodístico y no tanto en la persona. Por un periodismo humanizado. Salud!